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  • freneseu

La Leyenda del lago de Brindos

¡Descubra la leyenda mágica de lago de Brindos!

« Había una vez — en el tiempo en el que aún hablaban los animales (muchos siguen hablando hoy en día) — una mendiga muy muy anciana que vivía en una cabaña de madera a la orilla del lago de Brindos.

Nadie sabía quién era ni de dónde venía. Unos decían que era quiromántica, otros afirmaban que era una bruja, y todos le tenían miedo.


Ella nunca salía durante el día ni en las noches sin luna. Pero en cuanto las nubes se rasgaban y permitían llegar a la superficie de las tranquilas aguas el más mínimo rayo plateado, la anciana se dejaba ver.

La mujer caminaba con su largo bastón nudoso en la mano, el cabello gris caído sobre el rostro, más arrugado que una manzana seca, e iba a sentarse junto a los rosales. Y allí esperaba, murmurando extraños conjuros.

A veces encendía con ramitas una hoguera cuyo humo subía en una columna recta, muy recta, incluso cuando hacía viento, cosa que inquietaba a los pescadores que vivían en las inmediaciones.
Uno de ellos, más curioso y resuelto que los demás, decidió una noche ir a vigilar de cerca a la anciana. Se escondió bien detrás de un gran árbol y esperó.

Era una noche de luna llena, y el lago centelleaba bajo una luz fría. Parecía que fuese de platino. No se movía ni una hoja de los árboles y se oía a las ranas croar de placer entre los juncos.

La anciana llegó cojeando al borde del agua y se sentó. Sonó la medianoche. La mujer se levantó y extendió los dedos descarnados en dirección a los nenúfares, pronunciando algunas frases en una lengua que el pescador no supo identificar. En aquel momento, se realizó un prodigio.

De cada nenúfar surgió una mujer, bella como el día, vestida con velos más finos y claros que las alas de una mariposa. Primero dos mujeres, luego tres, cuatro, veinte, cien.

El lago se pobló de fantasmas deslumbrantes que se pusieron a bailar. Sobre el lago encantado y ante los ojos maravillados del pescador comenzó una danza incomparable bajo la mirada atenta de la Luna.
Las bellas mujeres se deslizaban y se elevaban, de forma que sus enormes velos tan pronto se levantaban casi hasta la bóveda del cielo como caían hacia las aguas del lago, que parecía absorberlos.

Se dice que, desde aquella noche, el prodigio se repite una vez al año, cada 14 de septiembre, a medianoche.»